El encargo

Vanité. Phillipe de la Champagne
(Bruselas, 26 de mayo de 1602-París, 12 de agosto de 1674)

      Severiano había nacido para pintor. Obediente y respetuoso complació a unos padres empeñados en su licenciatura en leyes. Heredó sus bienes antes de cumplir los 30 años de edad, antes incluso de contraer matrimonio con Justina.
      –Un mundo plagado de belleza surge de tus manos –aseguró la joven admiradora de su obra apenas sin conocerle.

      Sabedor de que el oficio que sus padres le habían impuesto no debía ser su destino, no cejó en su empeño por conseguir dominar el arte de Leonardo. Sacrificando horas de estudio asistió a clases de pintura y pudo ser testigo del surgimiento  de las “vanitas” * e incluso participar en su desarrollo, hecho destacado que llenó su vida de extravagantes obsesiones. Sigue leyendo «El encargo»

La mirada

La pelirroja, 1889
Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa (Albi, 24 de noviembre de 1864 – Château Malromé, Saint-André-du-Bois, 9 de septiembre de 1901)

      ¿Por qué miras para atrás a cada paso?  Caminabas rápido alborotando tu cabello. Ese rojo hiriente que lo iluminaba, impreciso y alegre,  desprendía reflejos hipnóticos que en ocasiones semejaban el fuego que consumía mi corazón, para menguar en otras al candor de las hojas caídas de los árboles en otoño. Aún ahora, en este instante me repito esa pregunta. 
      Se percibía tu inquietud, como si temieras por algo. De haber sabido lo qué te abrumaba, tal vez, todo hubiera sido distinto. Mantenías esa tensa y fugaz mirada al pasado de tu recorrido, escrutando cada rincón medio oculto, moviéndote tan ligera que apenas si reparabas en lo que te rodeaba. Sigue leyendo «La mirada»

Los siete velos

The dance of the almeh de Jean-Léon Gérôme (Vesoul, 11 de mayo de 1824-París, 10 deenero de 1904)

      Cuando el primero es liberado las miradas aviesas se pierden en los dobleces oscilantes esperando, quizá, contemplar el cimbreado vaivén de marfileño tono. Hay quienes abandonan la sala con un atisbo de asco o desprecio. No fueron capaces de descifrar el trabalenguas garabateado de formas sinuosas, casi las mismas que dibuja con su cuerpo y que le dan nombre. Aquellos movimientos precisos de grato efecto que asombran a las mujeres, son correspondidos con la cadenciosa admiración y los suspiros de los redivivos y embelesados asistentes.

      Se pierde otro velo por el suelo. Muchas envidian la facilidad con la que la exótica pantomima despierta el deseo. Y se lamentan de la distancia que las separa de la belleza y de la juventud malograda. Sigue leyendo «Los siete velos»

El poeta maldito

Prison Wall La Santé, París 1932. Brassaï, pseudónimo de Gyula Halász (1899 – 1984)

A Charles-Pierre Baudelaire (9 de abril de 1821-31 de agosto

de 1867), al cumplirse 185 años de su nacimiento.

       Traspasar los umbrales del tiempo. Permanecer, concatenar las atenciones y el recuerdo de los amados, tanto en vida como después de la muerte.

*A la montaña he subido, satisfecho el corazón.

En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:

un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión.

Este aniversario quiero que sea distinto.

*… Florece como una flor allí toda enormidad.

Tú ya sabes, ¡oh Satán, patrón de mi alma afligida,

que yo no subí a verter lágrimas de vanidad…

       Mucho tiempo hace que nos dejó, pero su huella acompaña mis pasos de lectora enamorada. Marca un camino siempre renovado, en el que cada rincón huele a nuevo, a viejo. Ora con un sol que quema hasta la piel mulata de su amante, ora con el frío paralizante de su cuerpo inerte por las tortas del opio, del hachís o del alcohol que alimenta su alma y desgasta su cuerpo. Sigue leyendo «El poeta maldito»

El libro de Monelle


Prostituta, París. Brassaï, pseudónimo de Gyula Halász (1899 – 1984

“Y Monelle dijo: te hablaré de la vida y de la muerte…

… No digas: vivo ahora, moriré mañana.

No partas la realidad entre vida y muerte.

Di: ahora vivo y muero…”

“El libro de Monelle” de Marcel Schwob.

           La única luz proviene de mi mente.

          La noche impide que entren los reflejos por los cristales, demasiado sucios para dejarse atravesar por destellos mejores que los que me proporcionan la absenta y el láudano.

          Me niego a que la claridad invada mi morada. A oscuras todo es más sencillo. Por eso reservo la lucidez para las noches. James me ha dicho que si sigo así caeré enfermo, que la vida no puede terminar de este modo… Sigue leyendo «El libro de Monelle»