La sirena y el pescador

      La sirena se oculta tras la encrespada ola, obra de un mar inusualmente revuelto para esta época del año. Huye de la mirada triste del joven pescador que, en la madrugada, permanece en la orilla a la espera del barco que partió sin él. No puede descubrirla entre el oleaje, pues se encuentra desolado.  Teme la reacción del patrón y los compañeros a su regreso después de un arduo día de faena. Como única excusa para justificar su falta: un amor furtivo y aquella luna del color de la muerte. Advertencia salida de la boca de un viejo pescador al que todos tienen por loco y borracho, pero que él respeta.

      —Abuelo,  —le  dice— ¿es cierto que, en una ocasión después de salir una luna como ésta, hubo un barco que nunca más regresó?

      El viejo clava sus enrojecidos ojos en el joven marinero, y sin reconocerlo apenas, le cuenta entre sollozos que, aquel día, perdió a su padre, hermanos y amigos… y no pudo soportarlo. Él no había muerto. Llegó tarde a la partida por culpa de una bella mujer, que le abandonó en el mismo instante en el que partió aquel barco, al que vio alejarse iluminado por una luna demasiado turbia y apagada. Como si el velo de la Parca nublara su luz y empañara su color.

      —Esta noche, hijo mío, la luna tiene la misma apariencia. No malgastes el tiempo en la espera de un barco que jamás volverá. Triste destino el de aquellos que no regresaron ni entonces ni ahora. Pero más triste el de los que, como tú y como yo, se quedaron con el remordimiento de no haber partido hacia su destino en el mar.

      La sirena mira entre las altas olas pensando que, otra vez, no ha conseguido atrapar un amor. Sola se adentra hacia el fondo del océano, donde le esperan el botín del naufragio y unos cuerpos sumergidos que deberá sacar a la superficie, para que aquellas almas puedan descansar en paz.

CRSignes, Benicassim a 10 de abril de 2002


El pescador y la sirena, 1858. De Lord Frederick Leighton
primer Barón Leighton (3 de diciembre de 1830 – 25 de enero de 1896)
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Pájaros de celulosa

      Pajaritas. Miles de pajaritas de papel de colores y en todos los tamaños, poblaban  la mesa, las sillas y el aparador, invadían la estantería, se las podía encontrar por el suelo del pasillo, en la cocina, el baño, y también en el dormitorio por encima de la cama.  Aquella colección de aves de celulosa existía gracias a las manos de Daniel, que vivía bajo la protección de servicios sociales en una casa de acogida. De ventana a ventana, Daniel se hizo mayor pegado al cristal observando los pájaros que revoloteaban. Por culpa de unos padres de pensamiento arcaico apenas si fue a la escuela. Sus progenitores lo sacaron pronto debido a las bromas de aquellos niños maliciosos y maleducados que veían en él el centro de sus burlas y chistes: “¿De qué te van a disfrazar tus padres para carnaval? ¿De pájaro bobo? “

      Lo poco que pudo aprender lo atesoró en su mente, que creció libre. Años después, con sus padres ya fallecidos, fue a parar a una casa de acogida. El cuidado del muchacho le correspondió a un matrimonio anciano, que no sabiendo que hacer con él en el primer encuentro —Daniel no hablaba prácticamente con nadie— se limitaron a darle papel y colores con la esperanza de que se entretuviera dibujando. Fue entonces que comenzó aquella apasionada colección.

      La primera pajarita la hizo inseguro, rememorando el día en el que en la escuela le enseñaron. Para ella escogió un papel de un blanco hiriente, que el rompió dibujándole unos ojos; aprovechó todo el folio, y una vez terminada se la regaló a los viejos (el único regalo que hizo en toda su vida). Cinco minutos después ya estaba haciendo la segunda. Tomó un color azul cielo con el que emborronó la totalidad de la hoja, le dio forma y la colocó junto a la ventana. Así una tras otra fue llenando la casa. Le consiguieron papeles de colores y cartulinas. El desparpajo al hacerlas era tal, que cuando se quedaba sin suministros las confeccionaba con lo que encontrara. Las había de papel de periódico; de envolturas de caramelos; de papel de aluminio; livianas y diminutas, de papel de fumar; incluso de papel moneda sobre un gran globo terráqueo. Sentía tanto placer, que no pusieron freno a su creatividad hermosa y obsesiva,  de ahí que en poco tiempo convirtieran la casa en una gran jaula sin barrotes que todo el mundo visitaba.

CRSignes 080309

Cuento aparecido en el libro 365 Contes. VVAA (Catalán y castellano)

Pajarita de papel. Autor: M. Dominguez Guer

Retro. Por Ricardo Acevedo Esplugas

Ella se aburre

Del confort tecnológico y las luces de neón

Del cielo cubierto de moscas supersónicas

Desea un mar azul (no el gris celuloide de los pantanos)

Desea música (no el nauseabundo crujir que sale de las bocinas)

Desea otro tiempo.

Entonces aparece Times Travels Inc.,

Con viejas promesas (en nuevos slogans)

Siglos encapsulados de arte

Sin rasgos de código de barras

A módicos precios

Al final aparece el siglo ideal,

En el lugar perfecto

Laguna

Cabaña

Palmeras

Pero…

Hay mosquitos (para ellos tenemos: vibradores sónicos)

Quemaduras de Sol (filtros polarizados)

Grandes distancias (modulo universal que incluye cosméticos, alimentos instantáneos y alguna que otra granada nuclear)

Ella se aburre…

Del confort tecnológico y las luces de neón

Del cielo cubierto de moscas supersónicas.

Teresa. Fotografía analógica en blanco y negro digitalizada. CRSignes1988

El encargo

      Severiano había nacido para pintor. Obediente y respetuoso complació a unos padres empeñados en su licenciatura en leyes. Heredó sus bienes antes de cumplir los 30 años de edad, antes incluso de contraer matrimonio con Justina.
      –Un mundo plagado de belleza surge de tus manos –aseguró la joven admiradora de su obra apenas sin conocerle.

      Sabedor de que el oficio que sus padres le habían impuesto no debía ser su destino, no cejó en su empeño por conseguir dominar el arte de Leonardo. Sacrificando horas de estudio asistió a clases de pintura y pudo ser testigo del surgimiento  de las “vanitas” * e incluso participar en su desarrollo, hecho destacado que llenó su vida de extravagantes obsesiones.
Siguiendo las doctrinas dictadas pronto sus cuadros comenzaron a ser conocidos. Los encargos aumentaron por lo que tuvo que abandonar el ejercicio legal para dedicarse en exclusiva al arte.
      Su mujer se negaba a entrar en el estudio. Claramente le conminó para que se deshiciera de todas aquellas aberraciones o le abandonaría. No soportaba la idea de compartir el lecho en aquellas condiciones. Calaveras y huesos se apilaban junto con animales disecados y naturalezas muertas de todo tipo. Un olor acre lo inundaba todo y ni el fuerte aroma del óleo podía disimularlo.
      Pero él no se rendía, quería demostrarle lo positivos que eran sus esfuerzos. Cada nuevo encargo se convertía en un reto para que su obra trascendiera.
      Don Luis Alfonso Galán de Reyes era un caballero temeroso de Dios más conocido por sus excesos que por sus virtudes, llegado el último tramo de su vida y decidido a expiar sus culpas, pensó en una representación singular para que en su mausoleo tuviera la imagen de persona piadosa que andaba buscando.
      Severiano se empleó a fondo y en poco tiempo tuvo acabado el encargo. Orgulloso del realismo conseguido, le pidió a Justina, como último favor, que pasara a verlo y ésta, haciendo acopio de la admiración que por él aún sentía, accedió.
      Tal fue el horror registrado en aquél cuadro que no dudó en exclamar:
      -¡Severiano la muerte se ha apoderado de tus manos!
      Fue la última vez que compartió el mismo cuarto con él.
      Un inhóspito e incandescente ambiente fatuo lo enmarcaba todo. Las grandes puertas, protegidas por un inconmensurable cancerbero de horribles proporciones, se abrían ante un desmembrado esqueleto que guiaba a un caballero con los ojos vendados al interior del Averno.

Carmen Rosa Signes Urrea, 25 de octubre de 2005

*Vanitas: Concluido el Renacimiento, la cultura y el arte pictórico Europeo, sobre todo en España, Francia, Países Bajos e Italia se vieron invadidos por una obsesión desmedida hacia la muerte y los miedos por el juicio final, que desencadenó en la creación de las vanitas, bodegones de elementos alusivos a la vanidad de las cosas del mundo, que venían a indicar lo transitorias e insignificantes que todas ellas son ante la llegada de la muerte.

Vanité. Phillipe de la Champagne
(Bruselas, 26 de mayo de 1602-París, 12 de agosto de 1674)

La mirada

      ¿Por qué miras para atrás a cada paso?  Caminabas rápido alborotando tu cabello. Ese rojo hiriente que lo iluminaba, impreciso y alegre,  desprendía reflejos hipnóticos que en ocasiones semejaban el fuego que consumía mi corazón, para menguar en otras al candor de las hojas caídas de los árboles en otoño. Aún ahora, en este instante me repito esa pregunta. 
      Se percibía tu inquietud, como si temieras por algo. De haber sabido lo qué te abrumaba, tal vez, todo hubiera sido distinto. Mantenías esa tensa y fugaz mirada al pasado de tu recorrido, escrutando cada rincón medio oculto, moviéndote tan ligera que apenas si reparabas en lo que te rodeaba.

      ¡La suerte me acompaña este día! Pensé. El azar ha querido que te detuvieras. Durante poco menos de dos minutos, tiempo que se ha demorado la descarga del carbón para las calderas,  has permanecido inmóvil frente a mí y he podido perderme en tu rostro. Tú te has dado cuenta de que no podía dejar de admirarte mientras limpiaba, guata en mano,  los coches de caballos estacionados en la calle. Mi expresión mohína se transformó al saberte cerca y me sonreíste.

      ¡Qué rápido sucedió todo! Algo se interpuso en el espacio que compartimos por un instante. Otro rostro, distinto reflejo, otra expresión, algunos gritos, palabras malsonantes y amenazas, un zarandeo violento de imprevisibles consecuencias… y tú implorando clemencia.

      La mano homicida se introdujo en la carne rompiendo la vida. Escudriñé el rostro de aquel hombre. Le empujé, pero el daño ya estaba hecho. Creí ver en sus ojos, antes de caer a sus pies, la visión perdida que provoca la sangre recorriendo desde el prepucio hasta la nuca en la fijeza del orgasmo o, tal vez,  la de la entrega cuando se consiguen conquistar los sentidos. Imaginé que mis manos, impregnadas en rojo, sostenían tus cabellos. ¡Sonreí! Mi propia sangre me confundió.

      Pero tu mirada no me la inventé. Aún la siento. Mientras te alejas de la mano de mi asesino, tus lágrimas me llenan de amor.

Carmen Rosa Signes Urrea, 12 de mayo de 2006

La pelirroja, 1889
Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa (Albi, 24 de noviembre de 1864 – Château Malromé, Saint-André-du-Bois, 9 de septiembre de 1901)

La muerte heróica. Por Charles Baudelaire

S/T Autor: José Daniel Schallbetter (Argentina, Entre Ríos 1952, Neuquen 2018)

      Fanciullo era un admirable bufón, casi un amigo del príncipe. Mas, para las personas consagradas a lo cómico por profesión, lo serio tiene atractivos fatales, y por raro que pueda parecer que las ideas de patria y de libertad se apoderen despóticamente del cerebro de un histrión, un día Fanciullo tomó parte en cierta conspiración tramada por algunos señores descontentos.

      En todas partes hay hombres de bien que denuncian al Poder los individuos de humor atrabiliario, que quieren desposeer a los príncipes y operar, sin consultarla, la mudanza de una sociedad. Los señores en cuestión fueron detenidos, y con ellos Fanciullo, y condenados a muerte cierta.

      Gustoso creería yo que al príncipe llegó a enfadarlo aquello de encontrar entre los rebeldes a su comediante favorito. El príncipe no era ni mejor ni peor que los demás; pero una sensibilidad excesiva le hacía en muchos casos más cruel y más déspota que todos sus semejantes. Apasionado por las bellas artes, y además entendido en ellas como pocos, mostrábase verdaderamente insaciable de placeres. Harto indiferente con relación a los hombres y a la moral, artista verdadero en persona, no conocía enemigo más peligroso que el aburrimiento, y los esfuerzos raros que hacía para huir de este tirano del mundo o vencerle le hubieran atraído ciertamente, por parte de un historiador severo, el epíteto de monstruo, si hubiera dejado que en sus dominios se escribiese algo que no tendiera únicamente al placer o al asombro, que es una de las más delicadas formas del placer. La gran desdicha de aquel príncipe fue no tener nunca un teatro suficientemente vasto para su genio. Hay Nerones jóvenes que se ahogan en límites sobrado estrechos; los siglos por venir han de ignorar siempre su nombre y su buena voluntad. La Providencia, imprevisora, había dado a aquél facultades mayores de sus estados.

      Corrió de repente la voz de que el soberano quería otorgar gracia a todos los conjurados; y origen de tal rumor fue el anuncio de un gran espectáculo en que Fanciullo había de representar uno de sus papeles principales y mejores, y al que asistirían también, según informes, los caballeros condenados; signo evidente, agregaban los espíritus superficiales, de las tendencias generosas del príncipe ofendido.

      Por parte de un hombre tan natural y voluntariamente excéntrico, todo era posible, hasta la virtud, hasta la clemencia, sobre todo si pensaba encontrar en ella placeres inesperados. Mas para los que, como yo, habían podido penetrar más adentro en las profundidades de aquella alma curiosa y enferma, era infinitamente más probable que el príncipe quisiera juzgar del valor de los talentos escénicos de un hombre condenado a muerte. Quería aprovechar la ocasión para hacer un experimento fisiológico de interés capital, y comprobar hasta qué punto las facultades habituales de un artista podían alterarse o modificarse ante la situación extraordinaria en que él se encontraba; después de esto, ¿existía en su alma una intención más o menos resuelta de clemencia? Punto es éste que jamás ha podido aclararse.

      Llegó, al cabo, el gran día, y la reducida corte desplegó todas sus pompas; difícil sería concebir, sin haberlo visto, cuántos esplendores puede ostentar la clase privilegiada de un Estado con recursos restringidos en una verdadera solemnidad. Aquélla era doblemente verdadera; lo primero, por la magia del lujo desplegado, y después, por el interés moral y misterioso que llevaba consigo.

      Maese Fanciullo sobresalía, ante todo, en los papeles mudos, o poco cargados de palabras, que suelen ser los principales en esos dramas de magia, cuyo objeto es representar simbólicamente el misterio de la vida. Entró en escena con ligereza y con perfecta soltura, y ello contribuyó a fortalecer en el noble auditorio la idea de benignidad y de perdón.

      Cuando de un comediante se dice: «Ese es un buen comediante», se echa mano de una fórmula que implica que, tras el personaje, se deja adivinar el cómico, es decir, el arte, el esfuerzo, la voluntad. Pues si un comediante llega a ser, con relación al personaje que está encargado de expresar, lo que las mejores estatuas antiguas, milagrosamente animadas, vivas, andantes, videntes, podrían ser, con respecto a la idea general y confusa de belleza, ése sería, a no dudar, caso singular y totalmente improvisto. Fanciullo fue aquella noche una perfecta idealización, que era imposible no suponer viva, posible, real. El bufón iba, venía, reía, lloraba, entraba en convulsión, con una indestructible aureola en derredor de la cabeza, aureola invisible para todos, pero visible para mí, que unía en extraña amalgama los rayos del arte con la gloria del martirio. Fanciullo introducía, por no sé qué gracia especial suya, lo divino y lo sobrenatural, hasta en las bufonadas más extravagantes. Tiembla mi pluma, y lágrimas de emoción siempre presente se me suben a los ojos cuando intento describiros aquella inolvidable velada. Demostrábame Fanciullo, de manera perentoria, irrefutable, que la embriaguez del arte es más apta que otra cualquiera para velar los terrores del abismo; que el genio puede representar la comedia al borde de la tumba con una alegría que no le deje ver la tumba, perdido como está en un paraíso que excluye toda idea de tumba y destrucción.

      Todo aquel público, por estragado y frívolo que fuese, pronto sintió el omnipotente dominio del artista. Nadie soñó ya en muerte, luto o suplicio. Cada cual se abandonó, sin inquietud, a los placeres múltiples que da la vista de una obra maestra de arte vivo. Las explosiones de gozo y admiración sacudieron varias veces las bóvedas del edificio con la energía de un trueno continuo. Hasta el príncipe, embriagado, mezcló su aplauso al de su corte.

      Sin embargo, para los ojos clarividentes, su embriaguez no carecía de mezcla. ¿Sentíase vencido en su poderío de déspota? ¿Humillado en su arte de atemorizar corazones y embotar ánimos? ¿Frustrado en sus esperanzas y afrentado en sus previsiones? Tales supuestos, no exactamente justificados, pero no en absoluto injustificables, cruzaron por mi mente mientras contemplaba yo el rostro del príncipe, en el que una palidez nueva iba a juntarse sin cesar con su habitual palidez, como nieve sobre nieve. Apretábanse cada vez con más fuerza sus labios, y sus ojos se iluminaban con fuego interior, semejante al de los celos y al del odio, hasta cuando aplaudía ostensiblemente los talentos de su antiguo amigo, el extraño bufón, que tan bien bufoneaba con la muerte. En determinado momento vi a su alteza inclinarse hacia un pajecillo, colocado detrás de él, y hablarle al oído. La cara traviesa del lindo muchacho se iluminó con una sonrisa, y salió vivamente después del palco principesco, cual si fuera a cumplir un encargo urgente.

      Pocos minutos más tarde, un silbido agudo, prolongado, interrumpió a Fanciullo en uno de sus mejores momentos, y desgarró a la vez oídos y corazón del artista. Del sitio de donde había brotado aquella inesperada desaprobación, un muchacho se precipitaba al pasillo ahogando la risa.

      Fanciullo, sacudido, despertando de su sueño, cerró primero los ojos, los volvió a abrir casi enseguida, agrandados desmesuradamente, abrió luego la boca como para respirar convulso, vaciló un poco hacia adelante, otro poco hacia atrás, y cayó después muerto de repente en las tablas.

      El silbido, rápido como el acero, ¿había frustrado en realidad al verdugo? ¿Había el príncipe mismo advertido toda la homicida eficacia de su treta? Permitida está la duda. ¿Tuvo sentimiento por su querido e inimitable Fanciullo? Dulce y legítimo es creerlo.

      Los caballeros culpables habían gozado por última vez del espectáculo de la comedia. Aquella misma noche fueron borrados de la vida.

      Desde entonces acá, varios mimos, justamente apreciados en diferentes países, han venido a representar ante la corte de ***, pero ninguno de ellos ha podido reanimar los maravillosos talentos de Fanciullo ni levantarse hasta el mismo favor.

Charles Baudelaire. Extraído del Spleen de París, pequeños poemas en prosa.