
(Bruselas, 26 de mayo de 1602-París, 12 de agosto de 1674)
Severiano había nacido para pintor. Obediente y respetuoso complació a unos padres empeñados en su licenciatura en leyes. Heredó sus bienes antes de cumplir los 30 años de edad, antes incluso de contraer matrimonio con Justina.
–Un mundo plagado de belleza surge de tus manos –aseguró la joven admiradora de su obra apenas sin conocerle.
Sabedor de que el oficio que sus padres le habían impuesto no debía ser su destino, no cejó en su empeño por conseguir dominar el arte de Leonardo. Sacrificando horas de estudio asistió a clases de pintura y pudo ser testigo del surgimiento de las “vanitas” * e incluso participar en su desarrollo, hecho destacado que llenó su vida de extravagantes obsesiones.
Siguiendo las doctrinas dictadas pronto sus cuadros comenzaron a ser conocidos. Los encargos aumentaron por lo que tuvo que abandonar el ejercicio legal para dedicarse en exclusiva al arte.
Su mujer se negaba a entrar en el estudio. Claramente le conminó para que se deshiciera de todas aquellas aberraciones o le abandonaría. No soportaba la idea de compartir el lecho en aquellas condiciones. Calaveras y huesos se apilaban junto con animales disecados y naturalezas muertas de todo tipo. Un olor acre lo inundaba todo y ni el fuerte aroma del óleo podía disimularlo.
Pero él no se rendía, quería demostrarle lo positivos que eran sus esfuerzos. Cada nuevo encargo se convertía en un reto para que su obra trascendiera.
Don Luis Alfonso Galán de Reyes era un caballero temeroso de Dios más conocido por sus excesos que por sus virtudes, llegado el último tramo de su vida y decidido a expiar sus culpas, pensó en una representación singular para que en su mausoleo tuviera la imagen de persona piadosa que andaba buscando.
Severiano se empleó a fondo y en poco tiempo tuvo acabado el encargo. Orgulloso del realismo conseguido, le pidió a Justina, como último favor, que pasara a verlo y ésta, haciendo acopio de la admiración que por él aún sentía, accedió.
Tal fue el horror registrado en aquél cuadro que no dudó en exclamar:
-¡Severiano la muerte se ha apoderado de tus manos!
Fue la última vez que compartió el mismo cuarto con él.
Un inhóspito e incandescente ambiente fatuo lo enmarcaba todo. Las grandes puertas, protegidas por un inconmensurable cancerbero de horribles proporciones, se abrían ante un desmembrado esqueleto que guiaba a un caballero con los ojos vendados al interior del Averno.
Carmen Rosa Signes Urrea, 25 de octubre de 2005
*Vanitas: Concluido el Renacimiento, la cultura y el arte pictórico Europeo, sobre todo en España, Francia, Países Bajos e Italia se vieron invadidos por una obsesión desmedida hacia la muerte y los miedos por el juicio final, que desencadenó en la creación de las vanitas, bodegones de elementos alusivos a la vanidad de las cosas del mundo, que venían a indicar lo transitorias e insignificantes que todas ellas son ante la llegada de la muerte.