La mirada

La pelirroja, 1889
Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa (Albi, 24 de noviembre de 1864 – Château Malromé, Saint-André-du-Bois, 9 de septiembre de 1901)

      ¿Por qué miras para atrás a cada paso?  Caminabas rápido alborotando tu cabello. Ese rojo hiriente que lo iluminaba, impreciso y alegre,  desprendía reflejos hipnóticos que en ocasiones semejaban el fuego que consumía mi corazón, para menguar en otras al candor de las hojas caídas de los árboles en otoño. Aún ahora, en este instante me repito esa pregunta. 
      Se percibía tu inquietud, como si temieras por algo. De haber sabido lo qué te abrumaba, tal vez, todo hubiera sido distinto. Mantenías esa tensa y fugaz mirada al pasado de tu recorrido, escrutando cada rincón medio oculto, moviéndote tan ligera que apenas si reparabas en lo que te rodeaba.

      ¡La suerte me acompaña este día! Pensé. El azar ha querido que te detuvieras. Durante poco menos de dos minutos, tiempo que se ha demorado la descarga del carbón para las calderas,  has permanecido inmóvil frente a mí y he podido perderme en tu rostro. Tú te has dado cuenta de que no podía dejar de admirarte mientras limpiaba, guata en mano,  los coches de caballos estacionados en la calle. Mi expresión mohína se transformó al saberte cerca y me sonreíste.

      ¡Qué rápido sucedió todo! Algo se interpuso en el espacio que compartimos por un instante. Otro rostro, distinto reflejo, otra expresión, algunos gritos, palabras malsonantes y amenazas, un zarandeo violento de imprevisibles consecuencias… y tú implorando clemencia.

      La mano homicida se introdujo en la carne rompiendo la vida. Escudriñé el rostro de aquel hombre. Le empujé, pero el daño ya estaba hecho. Creí ver en sus ojos, antes de caer a sus pies, la visión perdida que provoca la sangre recorriendo desde el prepucio hasta la nuca en la fijeza del orgasmo o, tal vez,  la de la entrega cuando se consiguen conquistar los sentidos. Imaginé que mis manos, impregnadas en rojo, sostenían tus cabellos. ¡Sonreí! Mi propia sangre me confundió.

      Pero tu mirada no me la inventé. Aún la siento. Mientras te alejas de la mano de mi asesino, tus lágrimas me llenan de amor.

Carmen Rosa Signes Urrea, 12 de mayo de 2006

Deja un comentario